DEL LIBRO ESENIO DEL MAESTRO DE JUSTICIA
Y el maestro dirigiose a la orilla de un arroyo donde la gente estaba reunida, y que ansiaba escuchar sus palabras. Y les bendijo, y preguntoles por qué estaban turbados. Y uno habló: “Maestro, dinos cuales son las cosas que debemos despreciar”.
Y el Maestro contestó, diciendo: “Todos los males que los hombres sufren son producidos por cosas fuera de nosotros; pues cuanto hay en nuestro interior nunca nos hará sufrir. Un hijo muere, se pierde fortuna, arden las casas y los campos, y los hombres quedan indefensos, y exclaman: “¿qué haré ahora?, ¿Qué me sucederá?, ¿Sucederá tal cosa?
Todas son palabras de quienes se afligen y regocijan por los sucesos que ellos no causan. Pero si nos lamentamos por cuanto no está en nuestro poder, somos como un niño que llora cuando deja el sol el cielo. Antiguamente se dijo, no codiciarás la mujer de tu prójimo; y ahora os digo, no desearás nada que no esté en tu poder, pues sólo cuando está en ti te pertenece; y lo que está fuera de vosotros pertenece a otro. En esto yace la felicidad: saber lo que es vuestro y lo que no es vuestro. Si deseáis la vida eterna, adherid con fuerza a la eternidad en vosotros, y no intentéis apoderaros de las sombras del mundo de los hombres, que guardan las semillas de la muerte.
“¿No está todo cuanto fuera de vosotros sucede, fuera de vuestro poder?. Lo está. ¿Y vuestro conocimiento del bien y del mal, no está en vosotros?. Lo está. ¿No está, entonces, en vuestro poder tratar todo el lugar de la tristeza y la desesperación?. Lo está. ¿Puede algún hombre impedirte hacerlo? Ninguno puede. Entonces no exclamareis: ¿qué haré, qué me sucederá ahora?, ¿Sucederá tal cosa?. Pues todo cuanto ocurra, lo juzgareis a la luz de la sabiduría y del amor, y veréis las cosas con los ojos de los Ángeles.
“Pues pesar vuestra felicidad de acuerdo con lo que pueda acontecer, es vivir como esclavo. Y vivir de acuerdo con los Ángeles que hablan en vosotros, es ser libres. Viviréis en libertad como verdaderos Hijos de Dios, e inclinareis la cabeza tan sólo antes los mandamientos de la Sagrada Ley. De esta forma viviréis, para que cuando el Ángel de la Muerte venga por vosotros, podáis extender las manos hacia Dios, y decir: “Recibí las Comuniones de Ti para conocer tu Ley y caminar por los senderos de los Ángeles, y no las descuide; no te he deshonrado con mis actos: mira como usé el ojo que mira al interior; ¿te he culpado alguna vez?. ¿He clamado contra lo que me ha sucedido, o deseado quebrantar tu Ley?. Porque me diste la vida, te doy las gracias por lo que me diste; mientras usé las cosas que son tuyas estuve contento; tómalas y ponlas dondequiera que escojas, pues tuyas son todas las cosas hasta la eternidad.”
“Sabed, ningún hombre puede servir a dos amos. No podéis desear las riquezas de este mundo, y tener también el Reino de los Cielos. No podéis poseer tierras y ejercer poder sobre los hombres, y tener también el Reino de los Cielos. Las riquezas, las tierras y el poder no pertenecen a hombre alguno pues son del mundo. Mas el Reino de los Cielos es vuestro para siempre, pues está en vosotros. Y si desearais y buscarais lo que no os pertenece, entonces seguramente perderéis lo que es vuestro. Sabed, pues de cierto os digo, que nada se da ni nada se tiene por nada, Pues para todo el mundo de los hombres y de los Ángeles, hay un precio. Quien quiera reunir fortuna y riqueza debe correr de un lado para otro, besar las manos de quienes no admira, agotarse fatigado a las puertas de otros hombres y hacer tantas cosas falsas, dar presentes de oro y plata y dulces oleos; todo esto y más debe un hombre hacer para reunir fortuna y honores. Y cuando lo hayáis conseguido, ¿qué tendréis entonces?, ¿Asegurarán esta fortuna y este poder la libertad del temor, una mente en paz, un día pasado en compañía de los Ángeles de la Madre Terrenal y de los Ángeles del Padre Celestial?, ¿Esperáis tener por nada cosas tan grandes?. Cuando un hombre tiene dos amos, o bien odiará a uno, y amará al otro, o, si no, será leal a uno, y despreciará al otro. No podéis servir a Dios y también al mundo. Quizás tu pozo se seca, derramase el aceite precioso, arde tu casa, tus cultivos se marchitan; pero tratáis lo que os suceda con sabiduría y amor. Las lluvias llenarán de nuevo el pozo, las casas de nuevo pueden ser construidas, y podrán sembrarse nuevas semillas: Todas estas cosas pasarán y vendrán de nuevo y de nuevo pasarán. Pero el reino del Cielo es eterno y no pasará. No cambiéis, por tanto, lo que es eterno, por lo que (no) es eterno, por lo que en una hora muere.
“Cuando los hombres te pregunten, a qué país perteneces, diles que no eres ni de este ni de aquel país, pues en verdad, es tan sólo el pobre cuerpo el que nació en un pequeño rincón de la tierra. Mas tú, Oh, Hijos de la Luz, perteneces a la Hermandad que abarca los cielos y allende, y del Padre Celestial descendieron las simientes no sólo de tu padre y de tu abuelo, sino de todos los seres que son engendrados en la tierra. En verdad, eres hijo de Dios, y todos los demás hombres tus hermanos; y el tener a Dios por tu hacedor, tu padre y tu guardián, ¿No nos liberará de toda tristeza y temor?
“Por lo tanto, os digo, no penséis en acumular bienes, posesiones, oro y plata mundanos, pues tan sólo traen corrupción y muerte. Pues cuanto mayor sea la acumulación de riquezas, tanto más gruesos serán los muros de tu tumba. Abre por completo las ventanas de tu alma, y respira el aire fresco del hombre libre. ¿Por qué pensáis en vestiduras?. Mirad los lirios del campo, como crecen; no se esfuerzan ni tampoco tejen; y no obstante os digo, que ni Salomón en su gloria fue ataviado como uno de ellos. ¿Por qué pensáis en alimentos?. Mirad los presentes de la Madre Terrenal: Los frutos maduros de sus árboles, y el trigo dorado de su suelo. ¿Por qué pensáis en casas y tierras?. Un hombre no puede venderte lo que no posee y no puede poseer cuanto a todos pertenece. La ancha tierra es tuya y los hombres tus hermanos. Los Ángeles de la madres Terrenal te acompañan en el día y los Ángeles del Padre Celestial te guían por la noche, y en ti está la Sagrada Ley. No es apropiado que el Hijo de un Rey codicie una baratija. Toma tu sitio, entonces, en la mesa de las celebraciones, y cumple tu herencia con honor. Pues en Dios vivimos, y nos movemos, y tenemos nuestro ser. En verdad somos sus hijos, y Él es nuestro Padre.
Libre es tan sólo quien viva como desee vivir; ¿Quién no está inhibido en sus actos, y cuyos deseos alcanzan los fines?. Quien no está reprimido es libre, mas quien sea reprimido o inhibido, seguramente es un esclavo. ¿Mas quién no es un esclavo? Sólo el hombre que nada desea de cuanto pertenece a los demás. ¿Y cuáles son las cosas que os pertenecen?. Hijos míos, sólo el Reino de los Cielos en vosotros, en el que mora la Ley del Padre Celestial, os pertenece. El Reino de los Cielos es como un mercader, que busca perlas hermosas y que al encontrar una perla de gran valor, fue y vendió cuanto poseía, y la compró. Y si esta perla única fuera tuya para siempre, ¿Por qué habrías de cambiarla por guijarros y pedruscos?. Sabed que vuestra casa, vuestras tierras, vuestros hijos e hijas, las alegrías de la fortuna y las tristezas de la tribulación no os pertenecen, ni aún la opinión que los demás tengan de vosotros. Todas estas cosas no os pertenecen. Y si codiciáis estas cosas, y os apegáis a ellas, y os doléis y os regocijáis por ellas, entonces en verdad sois esclavos y permaneceréis en esclavitud.
“Hijos míos, no permitáis que os hieran. No permitáis que el mundo os conquiste, como la liana que se adhiere al roble, para que sintáis dolor cuando sea arrancada. Vinisteis desnudos del vientre de vuestra madre, y ahí retornareis desnudos. El mundo da y el mundo quita. Mas ningún poder en el cielo ni en la tierra podrá tomar de ti la Sagrada Ley que en ti reside. Podréis ver a vuestros padres asesinados, y podréis ser expulsados de vuestro país. Entonces partiréis con alegre corazón para vivir en otro, y mirareis piadosamente al asesino de vuestros padres, al saber que por el mismo hecho se asesina a sí mismo. Pues conocéis a vuestros verdaderos padres, el Padre Celestial y la Madre Terrenal, y vuestro verdadero país, el Reino de los Cielos. La muerte nunca podrá separaros de vuestros padres, y no habrá exilio de vuestro verdadero país. Y en ti, como una roca que resiste las tempestades, es la Sagrada Ley, tu baluarte y tu salvación”.

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